LA DESVINCULACIÓN CON EL PADRE

En la etapa infantil el niño busca al padre y necesita vincularse con él, relacionarse con él, comunicarse con él, jugar con él… luego, en la adolescencia y juventud se produce una verdadera rotura de estos vínculos.

Pero esto hay que entenderlo bien, ya que en todo esto se encierran unos procesos beneficiosos para la maduración del hijo, o todo lo contrario, pueden convertirse en obstáculos para su maduración, dependiendo de cómo se lleve.

El hijo tiene que separarse del padre, eso está claro, ya ha terminado su etapa de identificación con él y tiene que descubrirse a sí mismo, tiene que definir su identidad.

La famosa rebelión contra el padre es entonces un paso inevitable y necesario; se trata de romper con lo ya "inservible", con lo que fue válido en una etapa, pero que en el momento evolutivo en que se encuentra ahora el chico, no le sirve para seguir su desarrollo.

La desvinculación debe hacerse de una forma que los vínculos afectivos no sean un obstáculo para lo que son dos metas esenciales del progreso familiar y personal: la autonomía personal y la libertad.

Los problemas aparecen cuando el padre no sabe, o no acepta, que esto es necesario; cuando el padre no es consciente de la necesidad de esta “rotura” que ayuda a madurar al hijo.

A muchos padres les resulta muy difícil saber ser el padre que el chico adolescente necesita, pero el querer seguir siendo el padre de un “hijo niño” ya no es posible y la rotura violenta llegará cuando estos procesos normales no se respeten, lo que también será muy difícil de llevar.

Por esta razón el simple hecho de estar informado (todos prefieren pensar que su hijo es insoportable…) puede ayudar mucho a un padre, cuando empiece a notar que “esa rotura” está empezando a suceder, al saber que es algo normal, y al saber cómo puede actuar para facilitar las cosas (ya difíciles por naturaleza), en lugar de obstaculizarlas más.

Durante esta rotura se produce otro proceso que a muchos padres les pasa inadvertido: el hijo que empieza a ser independiente, ”culpa” al padre de todo lo que percibe como causa de sus dificultades personales. El que fue modelo y “líder” hasta ahora, se va convirtiendo en objeto de críticas y ataques, se le exigen responsabilidades, se le trata cruelmente… Se da una verdadera lucha contra el padre, y al padre, antes divinizado, ahora se le destrona.

Según el hijo vaya creciendo en independencia y va afirmando su autonomía el padre irá perdiendo terreno, es normal. Todo esto hay que verlo con tranquilidad, con naturalidad, como un paso más en la evolución del hijo, y sólo habrá violencia en el momento en que ese momento se prolongue, se intente frenar o se luche contra él.

En ese momento tampoco es todo negativo, el padre, puede (y debe) convertirse en nuevo modelo de identificación, gracias a un modo de transformar lo que parecía negativo en elemento positivo, esto es lo que se llama identificación con el objeto de la agresión.

En realidad, puede decirse que la identificación (con el padre, el maestro, con alguien a quien se quiere, respeta, admira…) nunca se lleva a cabo sin una agresión previa, sin un cierto "ataque".